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La Neurociencia del suicidio 
Por: Carol Ezzell

Nuevas investigaciones sobre la desgarradora pregunta que queda cuando alguien le pone fin su propia vida.   
(Publicado en revista “Scientific American”; Pedir articulo completo; -En inglés- )


El legado de mi madre

Son pocos los días en que no me atormenta la obsesión por entender qué orilló a mi madre a suicidarse y me invade un abrumador sentimiento de culpa al pensar en lo que pude o debí haber hecho para detenerla. Pero lo más duro para mí es vivir con la certeza de que nunca sabré la respuesta. 

Quizá en el futuro, algunas partes de la historia de mi madre sean menos misteriosas Al menos, la antigua interrogante sobre si la tendencia a suicidarse es innata o se debe a la acumulación de malas experiencias está más cerca de resolverse. Aunque en algunos círculos psiquiátricos aún se debate si es una o la otra, la mayoría de quienes estudian el tema adoptan una posición intermedia. “Hace falta que varias cosas vayan mal al mismo tiempo”, explica Victoria Arango del Instituto Psiquiátrico de Nueva York,. En su opinión, en el fenómeno intervienen tanto las experiencias de la vida y el estrés agudo como factores fisiológicos. Pero en el fondo del misterio está un sistema nervioso cuyas líneas de comunicación se han enredado en nudos insoportablemente dolorosos.

Arango y su colega en Columbia, J. John Mann, encabezan un esfuerzo por desentrañar esos nudos y aclarar la neuropatología del suicidio. Han reunido la mejor colección en los Estados Unidos de cerebros de víctimas de suicidio. Los investigadores están examinando esos cerebros —200 en total— en busca de alteraciones neuroanatómicas, químicas o genéticas que podrían ser características de quienes se pusieron fin a sus propias vidas. Cada uno de los cerebros viene acompañado de su “autopsia psicológica”, es decir, un compendio de entrevistas con los familiares y conocidos íntimos de la víctima que atestiguaron su estado mental y conducta en los últimos días previos a su acto final. 


 

Cada uno de los cerebros procedentes de suicidas se compara con el de una persona del mismo sexo, fallecida aproximadamente a la misma edad por causas distintas del suicidio pero que sufrió una depresión semejante.

En la masa gelatinosa del cerebro humano están las células y moléculas que estuvieron inseparablemente ligadas a lo que la persona alguna vez pensó y, por supuesto, a lo que fue. Parte de las investigaciones de Mann y Arango se centran en la corteza prefrontal, es decir, la parte del cerebro cercana al hueso de la frente. Ésta es la sede de las llamadas funciones ejecutivas del cerebro, entre ellas el censor interno que impide que las personas exploten y digan lo que realmente piensan en una situación difícil, o que obedezcan a impulsos potencialmente peligrosos.

Arango y Mann están especialmente interesados en esa función moderadora de impulsos que desempeña la corteza prefrontal. Durante décadas, los científicos han considerado la impulsividad como un factor muy importante. Aunque algunas personas planean cuidadosamente su muerte y dejan notas, testamentos e incluso planes funerarios, para muchos—entre ellos mi madre— el suicidio parece ser espontáneo: una muy mala decisión en un día muy aciago. Por ello, Arango y Mann escudriñan esos cerebros buscando pistas sobre la base biológica de la impulsividad. En particular, están interesados en las diferencias de disponibilidad de serotonina pues de acuerdo con los resultados de algunas investigaciones anteriores, la impulsividad está relacionada con una escasez de esa sustancia química cerebral.

La serotonina es un neurotransmisor, es decir, una de esas moléculas que cruzan las minúsculas brechas que hay entre las neuronas —llamadas sinapsis— para transmitir señales de una a otra. De cada una de las neuronas emisoras de señales, conocidas como presinápticas, surgen unas pequeñas burbujas membranosas, llamadas vesículas, que liberan serotonina hacia la sinapsis. Los receptores de las neuronas que reciben la señal, o postsinápticas, se unen al neurotransmisor y registran cambios bioquímicos en la célula, los cuales pueden alterar su capacidad para responder a otros estímulos o para activar y desactivar genes. Un instante después, las células presinápticas reabsorben la serotonina mediante unas esponjas moleculares denominadas transportadores de serotonina. 

Se sabe que la serotonina tiene un efecto calmante sobre el cerebro. El Prozac y otros fármacos antidepresivos semejantes se unen a los transportadores de serotonina para evitar que las neuronas presinápticas la absorban demasiado rápido y ésta pueda permanecer un poco más en la sinapsis ejerciendo su influencia calmante.        Continua

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