Hans Christian Andersen
La Imaginación Nórdica
Como sabemos todos, los cuentos empiezan siempre con el «Érase una vez...». En ese preciso instante, el tiempo queda borrado. La realidad se desvanece. Se abre todo un mundo ante nosotros: en él, los árboles conversan con las flores, los hombres charlan con los animales. Y eso no nos sorprende en absoluto; ni siquiera nos hace sonreír.

«Érase una vez...», y penetramos en un universo distinto, donde cada especie animal y vegetal se anima con vida propia. Hay quien dice -erróneamente- que los cuentos están hechos sólo para los niños. ¡Qué inmenso error! Por supuesto, hacen soñar a los padres...

El cuento nos permite restablecer un vínculo con una vieja tradición de todos los pueblos europeos, cuyo recuerdo renace de vez en cuando en nuestra memoria. En las noches de invierno, los ancianos del lugar reunían a su alrededor a padres y a niños. Ante el fuego que crepitaba, relataban hechos de un tiempo pasado, un tiempo diferente del tiempo de los hombres, un tiempo en que la naturaleza dialogaba con los dioses. En el transcurso de esas veladas se fue configurando lo que constituye la estructura de nuestro inconsciente colectivo: el tesoro de nuestros mitos y leyendas.


Hans Christian Andersen
 (1805-1875).
No cuesta mucho imaginar al joven Hans Christian Andersen en una de esas veladas, atento a cada palabra del relato, ávido de más y más historias. Por lo demás, esas veladas eran su única distracción.

Nació en el seno de una familia pobre, en abril de 1805, en la localidad de Odense, en la isla danesa de Fionia. Odense era «la ciudad de Odín», el dios máximo del panteón nórdico. El padre de Andersen, modesto zapatero de ideas librepensadoras, murió lejos de su familia en 1816, tras ser arrebatado por el remolino de las campañas napoleónicas. Su madre se volvió a casar, y el joven Andersen aprovechó la circunstancia para establecerse en la capital, Copenhague, adonde llegó pobre, pero con ambiciones.

Trabajó como cantante y bailarín, y actuó en algunos teatros. Pero la fortuna no llegaba. En 1822, con el apoyo de un director teatral, obtuvo una beca para seguir sus estudios. Entonces descubrió la literatura, a la que se entregó apasionadamente. Pero el éxito todavía se hizo esperar: llegó en 1835, con la publicación de sus primeros cuentos.



 Ilustraciones antiguas para La sirenita.
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